Etnografía colaborativa
Las etnografías colaborativas y/o participativas comienzan a gestarse a partir de los años ochenta, de la mano del giro postmoderno del que hablábamos en los primeros días de clase.
Aunque cada una con sus matices que las hacen peculiares, todas ellas parece ser que nacen con el objetivo de buscar una solución a lo que se llamó la crisis de la representación etnográfica, esto es, “la imposibilidad que hay en el mundo contemporáneo de continuar produciendo descripciones sobre un Otro fijado firmemente en una comunidad circunscrita y atemporal” (Rappaport, 2007: 198).
Así, se proponen estas nuevas metodologías, a través de las cuales se pretende transformar la relación entre investigadores/as e investigados/as, de tal manera que, tanto los procedimientos seguidos durante el trabajo de campo como la teorización de los datos producidos durante el mismo, sean el resultado de un diálogo entre ambas partes. En palabras de Lassiter, la idea sería:
Una aproximación a la etnografía que deliberada y explícitamente enfatiza la colaboración en cada punto del proceso etnográfico, en lugar de ocultarla: desde la conceptualización del proyecto hasta el trabajo de campo y, especialmente durante el proceso de la escritura. La etnografía colaborativa invita a nuestros consultantes a hacer comentarios e intentar que dichos comentarios pasen a formar parte del texto etnográfico mientras este se desarrolla. A su vez, esta negociación se reintegra de nuevo en el proceso del trabajo de campo mismo (citada en Rappaport, 2007: 201).
Para que esto se pueda llevar a cabo sin volver a caer en los errores que se están tratando de corregir, autoras como Joanne Rappaport, afirman que una de las cuestiones imprescindibles es trabajar desde la co-teorización. Esto se refiere a “la producción colectiva de vehículos conceptuales que retoman tanto a un cuerpo de teorías antropológicas como a los conceptos desarrollados por nuestros interlocutores” (2007:204). De esta forma, a la hora de teorizar sobre cualquier problemática, se deberán intentar incluir todas las interpretaciones producidas y dándole el mismo valor a unas que a otras.
Partiendo de estas premisas, el debate que os queríamos proponer tiene que ver con la viabilidad y la coherencia que puede tener en la práctica lo que se está planteando. Supongamos que estamos trabajando en una investigación etnográfica sobre violencias de género con mujeres que han sido maltratadas. Cuando intentamos teorizar conjuntamente sobre las posibles causas que conducen a estas violencias, algunas de ellas aseguran que hay veces que han tenido ese problema por su propia culpa, porque no han actuado correctamente. Sin embargo, como investigadoras y estudiosas de las desigualdades que existen inherentes al género, interpretamos que detrás de ese maltrato existe una violencia que va más allá de esas situaciones concretas. Pero, por más que intentamos explicarlo, no nos entienden. Ellas siguen ancladas en sus posiciones e insisten en culpabilizarse a sí mismas.
Sobre el papel, puede resultar casi paternalista o, incluso, discriminatorio el hecho de cuestionar una metodología que intenta poner los saberes de todo el mundo al mismo nivel. Sin embargo, si tenemos en cuenta, por ejemplo, el tiempo que han invertido unas personas y otras en comprender este tipo de violencias, podría parecer perfectamente lógico pensar que una persona puede llegar a comprender mejor lo que está pasando en esta situación que la otra, aunque una la haya experimentado en primera persona y la otra solo la conozca en un plano teórico. Entonces, ¿hasta qué punto puede ser viable la idea de ‘co-teorizar’ en casos como estos? ¿cómo se pueden poner en connivencia interpretaciones sobre una misma problemática que pueden llegar a ser tan variadas? ¿qué pasa cuando, directamente, entran en contradicción las teorizaciones de los/as investigadores/as con las de los investigados/as? ¿quién va a tener la última palabra sobre qué se incluye y qué no en la teorización final? ¿se está corriendo el riesgo, desde este tipo de perspectivas, de idealizar las opiniones personales y desprestigiar los saberes formalizados?
Bibliografía:
Rappaport, J. (2007). Más allá de la escritura: la epistemología de la etnografía en colaboración. En Revista Colombiana de Antropología, 43, (197-229).
Realizado por:
Tomás J. Begerano
Eduardo Chicano
Marina Domínguez
Juan A. Escalera
Irini Herrero
Umayya Silva

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ResponderEliminarEl debate que planteáis me parece muy interesante. Bajo mi punto de vista, la etnografía colaborativa no es más que una opción, en absoluto el único camino. Además, considero que solo es aplicable en ocasiones y en función de con quién trabajes y para qué, pues las personas te limitarán en función de su interés y su disponibilidad y tú misma tienes limitaciones e intereses que pueden corresponderse o no con la coteorización. Eso no significa que no puedas hacer una una buena representación y análisis de lo que otras personas han compartido contigo. El hecho de devolver el texto para que te hagan apuntes y comentarios y plasmar eso en lo que vas a publicar finalmente ya es una buena praxis sin la necesidad de coteorizar.
ResponderEliminarCuando las posturas no coinciden pero nos interesa especialmente hacer una etnografía colaborativa, se puede plantear como diálogo, como propone Tedlock, plasmando la explicación que le dan a una problamética las personas involucradas con las que hemos estudido, así como la de quienes la hemos investigado desde la academia.
Creo que la etnografía colaborativa es una propuesta muy interesante y quizás la más realista. La etnografía individual queda limitada por el pensamiento personal. En este aspecto pienso que es más fácil de elaborar ya que es una interpretación de una sola persona, además, de esta manera se reduce la problemática de tener en cuenta otras opiniones o experiencias. Sin embargo, me parece que la etnografía colaborativa puede ampliar la producción de información, ya que si se tienen en cuenta perspectivas de más personas (sobre todo si hemos trabajado con ellas), la problemática de coteorizar puede convertirse en una ventaja: incluyendo precisamente las distintas opiniones. Quizás de esta manera se entienda el proceso de las conclusiones finales.
ResponderEliminarYo estoy de acuerdo con mi compañera María, el hecho de hacer una etnografía colaborativa puede ayudar a que esta sea más completa. Ya no solo tendrá la perspectiva de una persona, sino que se puede añadir la de la otra persona; en ocasiones, uno no puede apreciar todo lo que observa, en este caso se complementarían, a lo mejor algo que una de esas personas no ha visto, lo puede ver la otra.
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